Capitales de la muerte

El problema debe ser causa de enorme dolor y tristeza por sus dimensiones extraordinarias.

Vergüenza. Es una de las primeras reacciones al leer los titulares que se repiten con regularidad y de manera frecuente: ‘Latinoamérica es la región con la mayor tasa de homicidios del mundo”. Antes que vergüenza, el problema debe ser causa de enorme dolor y tristeza por sus dimensiones extraordinarias. Y tendría que ser motivo de convocatoria regional para encontrar soluciones urgentes a esta tragedia humana.

Las dimensiones horrorosas del problema se aprecian mejor en comparación con otros continentes. En Europa, la tasa promedio de homicidios es de uno por cada cien mil habitantes. Algo similar ocurre en buena parte del mundo asiático. En América Latina, dependiendo de las fuentes y el año, la tasa fluctúa entre 17 y 25 por cada cien mil. Es decir, en Latinoamérica se asesina entre 17 y 25 veces más que en aquellas otras regiones.

Así de lejos estamos de alcanzar la civilización.

En cifras absolutas, el problema parece inimaginable en sociedades que no han sufrido guerras externas. Como lo registró un informe de Simón Granja Matias en EL TIEMPO (20/7/19), desde el 2000, unos 2,5 millones de personas han sido asesinadas en América Latina, “similar a la población de Medellín”. Y por si no fuera suficiente: “Con solo el 8 % de la población mundial, [LA REGIÓN]aporta el 37 % de todos los asesinatos del mundo”.

Importa desagregar las cifras. Hablar de Latinoamérica como “el lugar más violento del mundo” no sirve para entender la complejidad del problema. Hay grandes variaciones entre los distintos países, como registra el informe de EL TIEMPO.

En un grupo de países, la tasa fluctúa entre 5 y 6 por cada cien mil: Chile, Uruguay, Argentina, Cuba, Perú. En el otro extremo, en Venezuela, El Salvador y Jamaica, la tasa es superior a 50 por cada cien mil. Y en un buen número de países, incluidos Colombia, México y Brasil, la tasa se ubica alrededor del promedio de 20 por cada cien mil.

Obsérvese, no obstante, que la diferencia entre los países que sufren menos el problema (como Chile) y Europa es, de todas formas, chocante: el sufrimiento es por lo menos seis veces mayor.

Registrar las profundas variaciones que existen en la región sirve además para apreciar la dificultad de establecer simples relaciones de causalidad. La desigualdad generalizada en la región no puede por sí sola explicar diferencias en las tasas de homicidios. Contrástese, por ejemplo, el agravamiento del problema durante la Venezuela de Chávez en momentos en los que se disminuyeron la pobreza y la desigualdad con el caso de Chile, con altos niveles de desigualdad.

Cualquier análisis debe tener en cuenta también las variaciones a lo largo del tiempo en décadas recientes. No estamos frente a un problema fijo, inamovible. Los deterioros en Venezuela han sido los más dramáticos. En Centroamérica, los altísimos niveles de sufrimiento se han mantenido en países como El Salvador y Honduras. En Colombia, la situación mejoró significativamente en algún momento, pero nos hallamos estancados. Y a las señales de progreso se contraponen otras graves y serias, como los asesinatos de líderes sociales que han motivado las marchas hoy en defensa por la vida.

Un patrón general en los países con altos niveles de homicidios parece ser la mayor presencia de organizaciones criminales, muchas de ellas asociadas al tráfico de drogas ilícitas, a las que se atribuye un alto porcentaje de los homicidios. Ello sugiere políticas más eficientes de seguridad, respetuosas de los derechos humanos, que hagan posible el monopolio legítimo de la fuerza por el estado.

Dolor y tristeza. Muchísimos. Pero debe subrayarse la vergüenza que señala a tantos países alejados de la civilización.

Imagen: https://bit.ly/2Oq93wF

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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