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Cali y Colombia: lugares decimonónicos

Aunque este escrito como protesta sea otra forma discursiva de patalear y palabrear en este singular país, espero que por lo menos lo lean, circulen y tal vez promueva la reflexión sobre algunos  tópicos que se camuflan o esfuman en la brevedad del tiempo real.

Santiago de Cali, después de liderar a nivel nacional en la década de los 70 y 80 los mejores índices de organización de una ciudadanía responsable, organizada, incluyente, honesta y tolerante, ha pasado a convertirse en los última década en una “metrópoli moderna” que en realidad es caldo de cultivo para los más insospechados eventos de violencia, feminicidios, robos, narcotráfico, violaciones, prostitución, secuestro, desplazamiento, boleteo, y drogadicción.

Digámoslo de frente, aquí reina la inseguridad, la ley del más fuerte y el descontrol total en una completa podredumbre social a escala nacional. Es una pena, que la crisis ética de las instituciones como la policía, la iglesia, la escuela o las instancias de representación estatal sean muestra del caos sodomítico en lo público que vemos a diario.

Para Colombia, las tragedias de las mujeres violadas, empaladas y asesinadas ya se olvidaron. Porque tenemos débil memoria o nos conformamos con meros datos estadísticos, recordemos que 9 de 100 casos comprobados de violación a la legislación nacional o a los derechos humanos son definidos por los órganos judiciales, pero los restantes 91 quedan impunes y solo quedan en los registros de unas cuantas arengas de protesta social que reclaman justicia o investigación.

Les aseguro que sin ser brujo, chaman, hechicero o astrólogo en pocos días habrá otro escándalo y conmoción nacional por situaciones trágicas en infancia, de género o institucionales. Todo bajo el sofisma de ser el país más educado, más inteligentes, el mejor y el más rico país de todo el mundo. Sin embargo, cabe la duda, de que  todo este bello cuento sea lo contrario. Es decir, seamos los más pobres, los menos educados y los más conservadores de la región. Con estos maravillosos argumentos nos hacen creer que en Colombia como extraordinario país todo se puede hacer, decir o disponer, ya que se apodero y se arraigó en la gente una ceguera moral-ética que carcome una sociedad que vive en la nube y que como cualquier nube se la lleva el viento a cualquier lugar; solo cuando hay mucha turbulencia a modos de conflictos se descarga una cólera social que como tormenta se apacigua con los discursos oportunistas o populistas que ofertan soluciones inmediatas y no preventivas.

Lo anterior, nos hace borrar el fresco pasado de la memoria general. La parapolítica, los falsos positivos, el carrusel de la contratación, agro-ingreso seguro, la comunidad del anillo, o lo que ya se avecina con la nefasta reforma tributaria y el pírrico salario mínimo son imposiciones en el estado festivo, que  en realidad son armas letales que promueven la exclusión, marginación, el racismo mágico (racismo que desaparece según cifras de observatorios sociales, por ejemplo hay menos pobres o Cali no tiene afrodescendientes) provocándo indiferencia social, la cual alberga mayores pobrezas, exclusiones y vulnerabilidades. Sin equidad social y nula inversión en la población es imposible revertir las dolorosas cifras de muerte y fracaso económico del país.

Duele que la paz se haya convertido en cortina de humo y en caballito de batalla para decir que ya mejoramos, la gente requiere tierras para cultivar, atención digna en salud, buena educación, opciones laborales, vivienda confortable y en fin condiciones de desarrollo humano para suplir sus necesidades de vida. Todo lo anterior, muestra como hay otra guerra social disfrazada de modernidad. Pero, la verdad es que el modelo de ciudad y de país es anticuado, colonial y dogmático religioso.

Nada más perturbador para una sociedad que violentar su infancia, que cortar la vida abruptamente o que cada día las penurias económicas hagan de la gente ser más vulnerables a todo tipo de situaciones, insinuaciones o propuestas. Precisamente lo que nos caracteriza, es no ser los mejores educados, los más cumplidores de la normatividad o los más responsables, porque en este país prima lo individual  sobre lo colectivo, la vejez sobre la infancia, informalidad sobre la legalidad, el engaño sobre lo real, la impunidad sobre la justicia y en fin, toda serie de contradicciones.

Finalmente, mi intención genuina es mostrar la otra cara de la moneda, la cara real, ayudar con este sencillo documento a que la gente se libere y piense lo que piensa sobre lo que se ha normalizado, la politiquería, la violencia, la desunión, y el todo se puede como forma cotidiana de vivir. Somos anticuados (decimonónicos) cuando actuamos con doble moral, cuando hacemos lo contrario a lo que pensamos, cuando pedimos cambios haciendo más de lo mismo o para el caso político cuando elegimos los representantes al ejecutivo o al legislativo para que actúen en nuestra contra.

 

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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