El testamento de Luís Ospina

El viernes pasado la Colombia cultural se conmovió con la noticia de la defunción de Luis Ospina, uno de los sobrevivientes del grupo de Caliwood, que marcó un hito inolvidable en el cine colombiano y, por supuesto en el de muestra comarca. Mucho se ha escrito sobre Luís Ospina, y queda muy poco por decir. Además, su obra cinematográfica y sobre todo documental, habla por sí sola. 

 Luis Ospina fue ante todo un escéptico y crítico de su tiempo, y por eso optó por la línea cinematográfica del documental. Fue valiente e irreverente hasta el final, y expresó en imágenes y de viva voz lo que pensaba sobre el país y el entorno social que le tocó vivir.

 Durante la última década de su vida batalló hasta la muerte contra el cáncer y, por ello, tuvo el valor de rendir cuentas sobre su vida por medio del documental “Todo comenzó por el fin” que terminó en 2015. En Colombia lo vimos en 2016, y sobre esta obra escribí el artículo que transcribo a continuación, porque creo que su contenido sigue siendo pertinente en este momento. 

“Hace unos días vi el documental “Todo comenzó por el fin”, por medio del cual Luis Ospina dio cuenta –en el sentido estricto de la expresión-, del fenómeno Caliwood de los años 70 y 80, que ocurrió en Cali. Dejo el análisis técnico y artístico de esta excelente obra que dura más de tres horas, a los críticos de cine. Como compañero de generación de Luis opto por comentar lo que él quiso comunicarnos.

Cuando se llega a los sesenta años, muchos hacemos, -aunque sea íntimamente-, el balance de nuestra vida. Confrontamos nuestros sueños y metas con lo logrado y, como resultado de esa introspección, nos sentimos satisfechos en mayor o menor grado de algunas realizaciones, lamentamos los errores cometidos y las oportunidades desaprovechadas, y terminamos aceptándonos a nosotros mismos, para sentir la paz necesaria para vivir las pocas décadas que nos quedan.

Lo que no es frecuente es que alguien tenga el valor de dar cuenta de su vida en público como lo ha hecho Luis Ospina. Ha sido tan valeroso  que no solo da cuenta de su vida, sino que en un acto de profunda amistad, con la fidelidad del amigo, da fe de  la calidad artística y humana de sus dos compañeros: Carlos Mayolo y Andrés Caicedo. Los exalta, pero sin minimizar o esconder sus defectos y excesos de sus vidas. Luis nos dice: así fueron mis compañeros  Andrés y Carlos y así los acepto, auténticos e irreverentes, entregados al cine y a la literatura; estas son sus realizaciones: un joven que decide morir a los 25 años dejando varias obras que 40 años después continúan vigentes,  no solo en nuestra parroquial Cali sino en muchos países; y un desaforado productor de imágenes que opta por el suicidio lento, que hizo documentales de crítica social de su ciudad, películas complejas despreciando lo fácil, que ayudó a desenterrar leyendas urbanas colaborando en las películas de su amigo, y que al final triunfa en la televisión, durante las décadas en que el cine colombiano languideció por falta de financiación, al desaparecer Focine.

Y Luis como documentalista riguroso que es, nos dice: yo fui el tercer mosquetero, compañero de Andrés y Carlos, pero júzguenme ustedes espectadores y quienes me han conocido; yo como documentalista, no puedo hablar de mí mismo.  En tres horas y media de relato sólo habla en primera persona cuando con breves pinceladas, de manera sobria menciona a su madre Georgina Garcés y a su padre Eduardo Ospina.  Para describir su entorno, muestra la casa donde vivió su infancia y juventud, y cómo ésta literalmente desaparece, en un final pleno de tristeza y nostalgia. Claro, también menciona sus películas y los trabajos que realizó conjuntamente con Mayolo, pero no da juicio sobre ellos.

Pero hay un muy importante trasfondo en el relato de Luis y en lo realizado por estos tres personajes: un profundo amor por su ciudad. Luis explica y afirma con claridad que Carlos y él, y todo el equipo humano que creó Caliwood, optaron por exilarse en Bogotá, cuando Cali fue tomada por el narcotráfico, por su violencia y su anticultura, convirtiéndola en una ciudad amorfa con sólo dos valores: “la salsa y el fútbol”. Cada vez que Luis es entrevistado reafirma su profundo amor por Cali, por la ciudad que él vivió y con tristeza lamenta su desaparición. Pero a pesar de haber tenido que partir no se resigna y con inmenso esfuerzo, regala a su ciudad: un festival de cine serio, de altísimo vuelo, que va en contravía a la Cali banal y rumbera de los últimos años, que perdió su belleza, su civismo, su liderazgo y esa efervescencia artística de los años 60, 70 y 80, en la cual hoy muy pocos trascienden la cómoda crítica, carente de propuestas, optando por batallar en pos de su rescate.

Luis deja además una huella profunda en el cine caleño, pues gracias a la semilla que él sembró en la escuela de cine de Univalle, hoy contamos con varios directores de cine que están gestando películas de altísimo nivel.

Por todo esto puede afirmarse que Luis ha cumplido muchas de sus metas y sueños, y seguramente está en paz consigo mismo.”

En noviembre próximo, Cali y los asistentes al próximo festival de cine, recibiremos su última selección de películas. Será una oportunidad inmejorable para que su ciudad le rinda el homenaje que Luís Ospina se merece.  

Imagen: https://bit.ly/2pvGzWm

* Las opiniones expresadas en este espacio de deliberación, pertenecen a los columnistas y no reflejan la opinión ni el pensamiento de la organización Consorcio Ciudadano.

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